viernes, 15 de enero de 2021

FOGATA 2018

 

SANTO ROSARIO: Adviento, tiempo de espera

INTRODUCCIÓN

En la puerta de la capilla.

M.    El Adviento es el tiempo litúrgico en el cual nos disponemos para celebrar el nacimiento del Señor Jesús como conmemoración de la primera venida del Hijo de Dios y a la vez dirigimos nuestra mirada hacia su segunda y definitiva venida: el “último día”. El Adviento es un tiempo de espera alegre y esperanzadora.

PRIMERA MEDITACIÓN: La segunda venida del Señor Jesús

L:    Escuchemos la lectura de los Hechos de los Apóstoles   1,10-11

«Estando ellos mirando fijamente al cielo mientras se iba, se les aparecieron dos hombre vestidos de blanco que les dijeron: “Galileos, ¿qué hacéis ahí mirando al cielo? Este que os ha sido llevado, este mismo Jesús, vendrá así tal como le habéis visto subir al cielo”».

M:   Las dos primeras semanas del Adviento, la mirada de nuestra fe se dirige a la segunda venida del Señor Jesús: al final de los tiempos. Es por eso que en este tiempo recordamos que somos peregrinos y que caminamos bajo la guía de Santa María hacia la definitiva venida del Señor Jesús cuando se manifieste coronado de gloria y majestad.

Si hay procesional se dice:

Cantamos, mientras nos dirigimos al lugar donde rezaremos nuestro Rosario: Ven pronto, Señor.

Inmediatamente después del canto se sigue con el rezo del Padre Nuestro y los Ave Marías del primer misterio.

SEGUNDA MEDITACIÓN: Tiempo de esperanza

Sentados

L:    Escuchemos la carta del apóstol san Pablo a los Romanos   8,24-25

«Porque nuestra salvación es en esperanza; y una esperanza que se ve, no es esperanza, pues ¿cómo es posible esperar una cosa que se ve? Pero esperar lo que no vemos, es aguardar con paciencia».

M:   El Adviento celebra al “Dios de la esperanza” viviendo con gozo, en cada una de nuestras existencias, esta misma esperanza. La actitud de esperanza es un rasgo que caracteriza al cristiano porque sabe que Dios es fiel y que en el Señor Jesús ha cumplido sus promesas. ¿Tienes plena confianza en que se cumplirán las promesas que el Señor Jesús nos dijo a través de su vida?

TERCERA MEDITACIÓN: Tiempo de conversión

L:    Escuchemos la segunda carta del apóstol san Pedro   3,9-10a

«No se retrasa el Señor en el cumplimiento de la promesa, como algunos lo suponen, sino que usa de paciencia con ustedes, no queriendo que algunos perezcan, sino que todos lleguen a la conversión. El Día del Señor llegará como un ladrón».

M:   La venida del Señor Jesús a nuestros corazones reclama de nuestra parte una actitud continua de conversión. El tiempo de Adviento es, pues, un llamado a la conversión para preparar los caminos del Señor y acogerlo hoy y también cuando vuelva al final de los tiempos. ¿Estás preparando tu corazón para cuando venga el Señor? ¿Abres tu interior al Espíritu Santo para que transforme tu corazón y tu vida?

CUARTA MEDITACIÓN: Actitud vigilante y alegre

L:    Escuchemos la lectura de la carta de Judas   1,24-25

«Al que es capaz de guardarlos inmunes de caída y de presentarlos sin tacha ante su gloria con alegría, al Dios único, nuestro Salvador, por medio de Jesucristo, nuestro Señor, gloria, majestad, fuerza y poder antes de todo tiempo, ahora y por todos los siglos».

M:   Ya se acerca el Señor, se acerca el tiempo de nuestra salvación. Cómo no estar con una actitud alegre que nace de un corazón confiado que espera en las promesas del Señor. Cómo no tener, también, una actitud vigilante, de estar alertas, teniendo la lámpara de nuestro corazón encendida pues el Señor ya se acerca y nos preparamos para ello. Estemos especialmente vigilantes en este tiempo, preparemos nuestro corazón no sólo para la celebración de la Navidad sino sobre todo para la definitiva venida del Señor.

QUINTA MEDITACIÓN: Madre de la Esperanza

L:    Escuchemos la lectura de los Hechos de los Apóstoles   1,12-14

«Entonces se volvieron a Jerusalén desde el monte llamado de los Olivos, que dista un poco de Jerusalén (…). Y cuando llegaron subieron a la estancia superior, donde vivían Pedro, Juan, Santiago y Andrés; Felipe y Tomás; Bartolomé y Mateo; Santiago de Alfeo, Simón el Zelotes y Judas de Santiago. Todos ellos perseveraban en la oración, con un mismo espíritu en compañía de algunas mujeres, de María, la madre de Jesús, y de sus hermanos».

M:   El Adviento es un tiempo mariano por excelencia. María es la Madre de la expectación, de la espera gozosa. Pero es también la Madre donde la espera se convierte en presencia constante. Santa María, unida plenamente a Jesús en este tiempo de Adviento, nos lleva a vivir la “esperanza cierta” de una presencia del amor que está con nosotros, pero que se llegará a su plenitud total al final de los tiempos con la venida gloriosa de su Hijo el Señor Jesús.

Cantamos Madre de la Esperanza

¿Según los sucesos en el mundo cúal es tu esperanza para cambiar al mundo ¿

Cuentale a un compañero

 

Jesús, nuestro modelo en la vida

No tenemos que olvidar que Jesús fue un predicador itinerante, y las parábolas son explicaciones y anuncio de su mensaje.

Parábola del buen samaritano

25 En esto se presentó un experto en la ley y, para poner a prueba a Jesús, le hizo esta pregunta:

—Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?

26 Jesús replicó:

—¿Qué está escrito en la ley? ¿Cómo la interpretas tú?

27 Como respuesta el hombre citó:

—“Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con todo tu ser, con todas tus fuerzas y con toda tu mente”,[a] y: “Ama a tu prójimo como a ti mismo”.[b]

28 —Bien contestado —le dijo Jesús—. Haz eso y vivirás.

29 Pero él quería justificarse, así que le preguntó a Jesús:

—¿Y quién es mi prójimo?

30 Jesús respondió:

—Bajaba un hombre de Jerusalén a Jericó, y cayó en manos de unos ladrones. Le quitaron la ropa, lo golpearon y se fueron, dejándolo medio muerto. 31 Resulta que viajaba por el mismo camino un sacerdote quien, al verlo, se desvió y siguió de largo. 32 Así también llegó a aquel lugar un levita y, al verlo, se desvió y siguió de largo. 33 Pero un samaritano que iba de viaje llegó adonde estaba el hombre y, viéndolo, se compadeció de él. 34 Se acercó, le curó las heridas con vino y aceite, y se las vendó. Luego lo montó sobre su propia cabalgadura, lo llevó a un alojamiento y lo cuidó. 35 Al día siguiente, sacó dos monedas de plata[c] y se las dio al dueño del alojamiento. “Cuídemelo —le dijo—, y lo que gaste usted de más, se lo pagaré cuando yo vuelva”. 36 ¿Cuál de estos tres piensas que demostró ser el prójimo del que cayó en manos de los ladrones?

37 —El que se compadeció de él —contestó el experto en la ley.

—Anda entonces y haz tú lo mismo —concluyó Jesús.

 

¿QUIERE usted mejorar como persona y ser más feliz? El apóstol Pedro nos dice cómo lograrlo: “Cristo sufrió por ustedes, dejándoles dechado [o un modelo] para que sigan sus pasos con sumo cuidado y atención” (1 Pedro 2:21; nota). No cabe duda de que podemos aprender mucho de Jesús y de la extraordinaria vida que tuvo. Y si ponemos en práctica lo que aprendemos, de seguro seremos mejores personas y más felices. Así pues, examinemos algunas de las cualidades de este gran hombre y, al mismo tiempo, pensemos en cómo podemos imitarlo.

Jesús fue razonable y equilibrado. Aunque es verdad que, como él mismo dijo, “no [tenía] dónde recostar la cabeza”, nunca llevó una vida extremadamente austera ni esperaba que otros lo hicieran (Mateo 8:20). La Biblia indica que asistió a algunos banquetes (Lucas 5:29). De hecho, el primer milagro suyo del que se tiene constancia —convertir el agua en vino durante un banquete de bodas— demuestra que no rehuía el trato con las personas (Juan 2:1-11). Así y todo, siempre dejó claro qué era lo más importante para él: “Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y terminar su obra” (Juan 4:34).

□ “¿Y yo? —podríamos preguntarnos—. ¿Puedo ser más equilibrado al fijar mis metas materiales y espirituales?”

Fue abordable. La Biblia presenta a Jesús como una persona cariñosa y agradable. A él no le molestaba que la gente se le acercara para contarle sus problemas o para plantearle preguntas complejas. En cierta ocasión, una mujer que llevaba doce años enferma aprovechó que una muchedumbre lo rodeaba para acercarse inadvertidamente y tocarlo, pensando que así se curaría. Jesús no se sintió ofendido por aquella acción, que algunos considerarían insolente. Al contrario, él le dijo con ternura: “Hija, tu fe te ha devuelto la salud” (Marcos 5:25-34). Hasta los niños pequeños disfrutaban con su compañía y no temían que los rechazara (Marcos 10:13-16). Y por las conversaciones francas y amistosas que tenía con sus discípulos, se nota que ellos también se sentían cómodos a su lado (Marcos 6:30-32).

□ Todos deberíamos plantearnos: “¿Se sienten cómodos los demás conmigo?”.

Manifestó compasión. Sin duda, una de sus mayores virtudes fue saber ponerse en el lugar de los demás para comprender cómo se sentían y poder ayudarlos. Así, cuando Jesús vio a María llorando por la muerte de su hermano Lázaro, “gimió en el espíritu y se perturbó” y finalmente “cedió a las lágrimas”. Por lo que cuenta el apóstol Juan, era obvio que Jesús sentía un gran cariño por aquella familia y que no le avergonzaba exteriorizarlo. ¡Y cuánta compasión demostró al resucitar a su amigo! (Juan 11:33-44.)

En otra ocasión, un hombre con lepra —una enfermedad que lo obligaba a vivir aislado— le suplicó: “Señor, si tan solo quieres, puedes limpiarme”. ¿Cómo respondió él? “Extendiendo la mano, le tocó”, y con gran compasión le dijo: “Quiero. Sé limpio” (Mateo 8:2, 3). Jesús no curaba a las personas simplemente para cumplir profecías bíblicas. Él quería aliviar su sufrimiento. Siempre actuaba en conformidad con una de sus enseñanzas más conocidas: “Así como quieren que los hombres les hagan a ustedes, háganles de igual manera a ellos” (Lucas 6:31).

□ ¿Qué puede decirse de nosotros? ¿Demuestran nuestras acciones que sentimos compasión?

Fue comprensivo. Aunque él era perfecto, no esperaba que los demás lo fueran ni se sentía superior a ellos; tampoco actuaba precipitadamente, sin pensar. En cierta ocasión, estando Jesús invitado en casa de un fariseo, una mujer “conocida en la ciudad como pecadora” quiso demostrar su fe y aprecio bañando con lágrimas los pies de Jesús. Este no se lo impidió, para sorpresa de su anfitrión, que sí la juzgó con dureza. Jesús percibió la sinceridad de aquella mujer y, en vez de condenarla por sus pecados, le dijo: “Tu fe te ha salvado; vete en paz”. Es muy posible que este trato comprensivo la motivara a cambiar de vida (Lucas 7:37-50).

□ Y en nuestro caso, ¿se nos conoce más por elogiar a los demás, o por criticarlos?

Fue imparcial y respetuoso. Los Evangelios indican que Jesús sentía un cariño especial por su discípulo Juan, quizás por tener personalidades afines o por estar emparentados.*Sin embargo, él nunca lo favoreció por encima de los demás (Juan 13:23). De hecho, cuando Juan y su hermano Santiago le pidieron puestos destacados en el Reino de Dios, Jesús les contestó: “Esto de sentarse a mi derecha o a mi izquierda no es cosa mía darlo” (Marcos 10:35-40).

Además, siempre trataba con respeto a todo el mundo. Él no tenía los prejuicios de sus contemporáneos. Aunque muchos consideraban que las mujeres eran inferiores, él las trataba con la debida dignidad. Por ejemplo, la primera persona a la que Jesús dijo claramente que era el Mesías fue una mujer. Su comportamiento es aún más destacable si tenemos en cuenta que ella era samaritana, pues los judíos en general sentían tal desprecio por los samaritanos que ni siquiera los saludaban (Juan 4:7-26). Pero eso no fue todo: también fueron mujeres las primeras personas a quienes Jesús les concedió el privilegio de verlo resucitado (Mateo 28:9, 10).

□ Al igual que él, ¿somos nosotros imparciales y respetuosos con personas de otra raza, sexo, idioma o nacionalidad?

Se comportó como un hijo y hermano responsable. Parece que José, su padre adoptivo, murió cuando Jesús todavía era joven. Así que es probable que él se haya encargado de mantener a su madre y a sus hermanos menores trabajando de carpintero (Marcos 6:3). Aun estando a punto de morir, no dejó de preocuparse por su madre y por eso le pidió a su discípulo Juan que la cuidara (Juan 19:26, 27).

□ ¿Somos nosotros tan responsables como Jesús en el cuidado de nuestra familia?

Supo ser un buen amigo. Jesús fue el mejor de los amigos. ¿Por qué? Él nunca se alejó de sus amigos porque cometieran errores, aun cuando los repitieran una y otra vez. Es cierto que ellos no siempre actuaron como a Jesús le hubiera gustado. Aun así, él les demostró su amistad concentrándose en sus buenas cualidades, en vez de atribuirles malos motivos (Marcos 9:33-35; Lucas 22:24-27). Tampoco les impuso sus opiniones. Al contrario, los animaba a expresarse con libertad (Mateo 16:13-15).

Pero por encima de todo, Jesús los quería sinceramente (Juan 13:1). ¡Y hasta qué punto! Él mismo dijo: “Nadie tiene mayor amor que este: que alguien entregue su alma a favor de sus amigos” (Juan 15:13). ¿Puede alguien ofrecer algo más valioso que su propia vida?

□ Pensemos: “¿Qué se puede decir de mí? ¿Cómo reacciono cuando algún amigo hace algo que me molesta u ofende?”.

Demostró ser un hombre valiente. Jesús no era el personaje débil y sin voluntad que pintan muchos artistas; al contrario, era enérgico y fuerte. En dos ocasiones echó del templo a los mercaderes con sus artículos (Marcos 11:15-17; Juan 2:14-17). También demostró valor al enfrentarse a una agitada muchedumbre que buscaba a “Jesús el Nazareno” para arrestarlo. “Soy yo”, dijo sin miedo. Y luego, para proteger a sus discípulos, añadió: “Si es a mí a quien buscan, dejen ir a estos” (Juan 18:4-9). No sorprende que el propio Poncio Pilato, viendo la entereza de Jesús pese a los maltratos, dijera admirado: “¡Miren! ¡El hombre!” (Juan 19:4, 5).

□ ¿Y nosotros? ¿Actuamos con decisión y valor cuando hay que hacerlo?

Estas y otras muchas cualidades sobresalientes convierten a Jesús en un modelo perfecto para nuestra vida. De modo que si imitamos su conducta, seremos mejores personas y más felices. Por eso, el apóstol Pedro exhortó a los cristianos a seguir cuidadosamente los pasos de Jesús. Así pues, ¿estamos esforzándonos al mayor grado posible por imitar a Jesús?

Mucho más que un modelo

No obstante, Jesús es mucho más que un modelo para nuestra vida. Él mismo dijo: “Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie viene al Padre sino por mí” (Juan 14:6). Al revelarnos la verdad acerca de Dios, el Hijo también nos mostró el camino para acercarnos al Padre. Y gracias a Jesús, todos los siervos fieles pueden obtener vida: sí, la vida eterna (Juan 3:16).

¿Cómo es esto posible? Hablando de la razón por la que vino a la Tierra, Jesús dijo: “El Hijo del hombre no vino para que se le ministrara, sino para ministrar y para dar su alma en rescate en cambio por muchos” (Mateo 20:28). De modo que al ofrecer su vida como sacrificio, sentó las bases para que los seres humanos podamos disfrutar de vida eterna. Y nosotros, ¿qué debemos hacer? El propio Jesús lo explicó: “Esto significa vida eterna, el que estén adquiriendo conocimiento de ti, el único Dios verdadero, y de aquel a quien tú enviaste, Jesucristo” (Juan 17:3).

En efecto, si adquirimos conocimiento de Jesús, imitamos su estilo de vida y ejercemos fe en su sacrificio, estaremos cumpliendo con los requisitos para obtener vida eterna. Por eso, animamos a todos nuestros lectores a estudiar la fuente de ese conocimiento —la Biblia— y a esforzarse por poner en práctica lo que esta dice, tal como hizo Jesús.*

El ejemplar modo de vida de Jesús nos enseña cómo debemos ser. Además, su sacrificio nos libera del pecado y la muerte (Romanos 6:23). Si no fuera por él, nuestra vida sería triste y sin esperanza. Así pues, nunca permitamos que la ansiedad o las preocupaciones de la vida nos impidan imitar el modelo que nos dejó el hombre más grande de todos los tiempos: Jesucristo.

 


No hay comentarios:

Publicar un comentario