SANTO ROSARIO: Adviento, tiempo de espera
INTRODUCCIÓN
En la puerta de la capilla.
M. El Adviento
es el tiempo litúrgico en el cual nos disponemos para celebrar el nacimiento
del Señor Jesús como conmemoración de la primera venida del Hijo de Dios y a la
vez dirigimos nuestra mirada hacia su segunda y definitiva venida: el “último
día”. El Adviento es un tiempo de espera alegre y esperanzadora.
PRIMERA MEDITACIÓN: La segunda
venida del Señor Jesús
L:
Escuchemos la lectura de los Hechos de los Apóstoles 1,10-11
«Estando
ellos mirando fijamente al cielo mientras se iba, se les aparecieron dos hombre
vestidos de blanco que les dijeron: “Galileos, ¿qué hacéis ahí mirando al
cielo? Este que os ha sido llevado, este mismo Jesús, vendrá así tal como le
habéis visto subir al cielo”».
M: Las
dos primeras semanas del Adviento, la mirada de nuestra fe se dirige a la
segunda venida del Señor Jesús: al final de los tiempos. Es por eso que en este
tiempo recordamos que somos peregrinos y que caminamos bajo la guía de Santa
María hacia la definitiva venida del Señor Jesús cuando se manifieste coronado
de gloria y majestad.
Si hay procesional se dice:
Cantamos,
mientras nos dirigimos al lugar donde rezaremos nuestro Rosario: Ven pronto, Señor.
Inmediatamente después del
canto se sigue con el rezo del Padre Nuestro y los Ave Marías del primer
misterio.
SEGUNDA MEDITACIÓN: Tiempo de
esperanza
Sentados
L: Escuchemos
la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 8,24-25
«Porque
nuestra salvación es en esperanza; y una esperanza que se ve, no es esperanza,
pues ¿cómo es posible esperar una cosa que se ve? Pero esperar lo que no vemos,
es aguardar con paciencia».
M: El
Adviento celebra al “Dios de la esperanza” viviendo con gozo, en cada una de nuestras
existencias, esta misma esperanza. La actitud de esperanza es un rasgo que
caracteriza al cristiano porque sabe que Dios es fiel y que en el Señor Jesús
ha cumplido sus promesas. ¿Tienes plena confianza en que se cumplirán las
promesas que el Señor Jesús nos dijo a través de su vida?
TERCERA MEDITACIÓN: Tiempo de
conversión
L:
Escuchemos la segunda carta del apóstol san Pedro 3,9-10a
«No se
retrasa el Señor en el cumplimiento de la promesa, como algunos lo suponen,
sino que usa de paciencia con ustedes, no queriendo que algunos perezcan, sino
que todos lleguen a la conversión. El Día del Señor llegará como un ladrón».
M: La
venida del Señor Jesús a nuestros corazones reclama de nuestra parte una
actitud continua de conversión. El tiempo de Adviento es, pues, un llamado a la
conversión para preparar los caminos del Señor y acogerlo hoy y también cuando
vuelva al final de los tiempos. ¿Estás preparando tu corazón para cuando venga
el Señor? ¿Abres tu interior al Espíritu Santo para que transforme tu corazón y
tu vida?
CUARTA MEDITACIÓN: Actitud
vigilante y alegre
L:
Escuchemos la lectura de la carta de Judas 1,24-25
«Al que es
capaz de guardarlos inmunes de caída y de presentarlos sin tacha ante su gloria
con alegría, al Dios único, nuestro Salvador, por medio de Jesucristo, nuestro
Señor, gloria, majestad, fuerza y poder antes de todo tiempo, ahora y por todos
los siglos».
M: Ya
se acerca el Señor, se acerca el tiempo de nuestra salvación. Cómo no estar con
una actitud alegre que nace de un corazón confiado que espera en las promesas
del Señor. Cómo no tener, también, una actitud vigilante, de estar alertas,
teniendo la lámpara de nuestro corazón encendida pues el Señor ya se acerca y
nos preparamos para ello. Estemos especialmente vigilantes en este tiempo,
preparemos nuestro corazón no sólo para la celebración de la Navidad sino sobre
todo para la definitiva venida del Señor.
QUINTA MEDITACIÓN: Madre de la
Esperanza
L: Escuchemos
la lectura de los Hechos de los Apóstoles 1,12-14
«Entonces
se volvieron a Jerusalén desde el monte llamado de los Olivos, que dista un
poco de Jerusalén (…). Y cuando llegaron subieron a la estancia superior, donde
vivían Pedro, Juan, Santiago y Andrés; Felipe y Tomás; Bartolomé y Mateo;
Santiago de Alfeo, Simón el Zelotes y Judas de Santiago. Todos ellos
perseveraban en la oración, con un mismo espíritu en compañía de algunas
mujeres, de María, la madre de Jesús, y de sus hermanos».
M: El
Adviento es un tiempo mariano por excelencia. María es la Madre de la
expectación, de la espera gozosa. Pero es también la Madre donde la espera se
convierte en presencia constante. Santa María, unida plenamente a Jesús en este
tiempo de Adviento, nos lleva a vivir la “esperanza cierta” de una presencia
del amor que está con nosotros, pero que se llegará a su plenitud total al
final de los tiempos con la venida gloriosa de su Hijo el Señor Jesús.
Cantamos
Madre de la Esperanza
¿Según los
sucesos en el mundo cúal es tu esperanza para cambiar al mundo ¿
Cuentale a un
compañero
Jesús, nuestro modelo en la vida
No tenemos que olvidar que Jesús fue un predicador itinerante, y las
parábolas son explicaciones y anuncio de su mensaje.
Parábola del buen samaritano
25 En
esto se presentó un experto en la ley y, para poner a prueba a Jesús, le hizo
esta pregunta:
—Maestro, ¿qué tengo que hacer para
heredar la vida eterna?
26 Jesús
replicó:
—¿Qué está escrito en la ley? ¿Cómo la
interpretas tú?
27 Como
respuesta el hombre citó:
—“Ama al Señor tu Dios con todo tu
corazón, con todo tu ser, con todas tus fuerzas y con toda tu mente”,[a] y:
“Ama a tu prójimo como a ti mismo”.[b]
28 —Bien
contestado —le dijo Jesús—. Haz eso y vivirás.
29 Pero
él quería justificarse, así que le preguntó a Jesús:
—¿Y quién es mi prójimo?
30 Jesús
respondió:
—Bajaba un hombre de Jerusalén a
Jericó, y cayó en manos de unos ladrones. Le quitaron la ropa, lo golpearon y
se fueron, dejándolo medio muerto. 31 Resulta que viajaba por el mismo camino un
sacerdote quien, al verlo, se desvió y siguió de largo. 32 Así también llegó a aquel lugar un levita y, al
verlo, se desvió y siguió de largo. 33 Pero un samaritano que iba de viaje llegó adonde
estaba el hombre y, viéndolo, se compadeció de él. 34 Se acercó, le curó las heridas con vino y aceite, y
se las vendó. Luego lo montó sobre su propia cabalgadura, lo llevó a un
alojamiento y lo cuidó. 35 Al día siguiente, sacó dos monedas de plata[c] y
se las dio al dueño del alojamiento. “Cuídemelo —le dijo—, y lo que gaste usted
de más, se lo pagaré cuando yo vuelva”. 36 ¿Cuál de estos tres piensas que demostró ser el
prójimo del que cayó en manos de los ladrones?
37 —El
que se compadeció de él —contestó el experto en la ley.
—Anda entonces y haz tú lo
mismo —concluyó Jesús.
¿QUIERE usted
mejorar como persona y ser más feliz? El apóstol Pedro nos dice cómo
lograrlo: “Cristo sufrió por ustedes, dejándoles dechado [o un modelo] para que
sigan sus pasos con sumo cuidado y atención” (1 Pedro 2:21; nota).
No cabe duda de que podemos aprender mucho de Jesús y de la extraordinaria
vida que tuvo. Y si ponemos en práctica lo que aprendemos, de seguro
seremos mejores personas y más felices. Así pues, examinemos algunas de las
cualidades de este gran hombre y, al mismo tiempo, pensemos en cómo podemos
imitarlo.
Jesús fue
razonable y equilibrado. Aunque es verdad que, como él mismo dijo, “no
[tenía] dónde recostar la cabeza”, nunca llevó una vida extremadamente austera
ni esperaba que otros lo hicieran (Mateo 8:20).
La Biblia indica que asistió a algunos banquetes (Lucas 5:29).
De hecho, el primer milagro suyo del que se tiene constancia —convertir el
agua en vino durante un banquete de bodas— demuestra que no rehuía el
trato con las personas (Juan 2:1-11). Así y todo,
siempre dejó claro qué era lo más importante para él: “Mi alimento es hacer la
voluntad del que me envió y terminar su obra” (Juan 4:34).
□ “¿Y yo? —podríamos preguntarnos—.
¿Puedo ser más equilibrado al fijar mis metas materiales y espirituales?”
Fue
abordable. La Biblia presenta a Jesús como una persona
cariñosa y agradable. A él no le molestaba que la gente se le
acercara para contarle sus problemas o para plantearle preguntas complejas.
En cierta ocasión, una mujer que llevaba doce años enferma aprovechó que
una muchedumbre lo rodeaba para acercarse inadvertidamente y tocarlo, pensando
que así se curaría. Jesús no se sintió ofendido por aquella acción, que
algunos considerarían insolente. Al contrario, él le dijo con
ternura: “Hija, tu fe te ha devuelto la salud” (Marcos 5:25-34). Hasta los
niños pequeños disfrutaban con su compañía y no temían que los rechazara (Marcos 10:13-16). Y por
las conversaciones francas y amistosas que tenía con sus discípulos, se nota
que ellos también se sentían cómodos a su lado (Marcos 6:30-32).
□ Todos deberíamos plantearnos:
“¿Se sienten cómodos los demás conmigo?”.
Manifestó
compasión. Sin duda, una de sus mayores virtudes fue saber
ponerse en el lugar de los demás para comprender cómo se sentían y poder
ayudarlos. Así, cuando Jesús vio a María llorando por la muerte de su hermano
Lázaro, “gimió en el espíritu y se perturbó” y finalmente “cedió a las
lágrimas”. Por lo que cuenta el apóstol Juan, era obvio que Jesús sentía un
gran cariño por aquella familia y que no le avergonzaba exteriorizarlo. ¡Y
cuánta compasión demostró al resucitar a su amigo! (Juan 11:33-44.)
En otra ocasión,
un hombre con lepra —una enfermedad que lo obligaba a vivir aislado— le
suplicó: “Señor, si tan solo quieres, puedes limpiarme”. ¿Cómo respondió él?
“Extendiendo la mano, le tocó”, y con gran compasión le dijo: “Quiero. Sé limpio” (Mateo 8:2, 3). Jesús
no curaba a las personas simplemente para cumplir profecías bíblicas.
Él quería aliviar su sufrimiento. Siempre actuaba en
conformidad con una de sus enseñanzas más conocidas: “Así como quieren que los
hombres les hagan a ustedes, háganles de igual manera a ellos” (Lucas 6:31).
□ ¿Qué puede decirse de nosotros?
¿Demuestran nuestras acciones que sentimos compasión?
Fue
comprensivo. Aunque él era perfecto, no esperaba que los
demás lo fueran ni se sentía superior a ellos; tampoco actuaba
precipitadamente, sin pensar. En cierta ocasión, estando Jesús invitado en
casa de un fariseo, una mujer “conocida en la ciudad como pecadora” quiso
demostrar su fe y aprecio bañando con lágrimas los pies de Jesús. Este
no se lo impidió, para sorpresa de su anfitrión, que sí la juzgó con
dureza. Jesús percibió la sinceridad de aquella mujer y, en vez de condenarla
por sus pecados, le dijo: “Tu fe te ha salvado; vete en paz”. Es muy
posible que este trato comprensivo la motivara a cambiar de vida (Lucas 7:37-50).
□ Y en nuestro caso, ¿se nos
conoce más por elogiar a los demás, o por criticarlos?
Fue imparcial y
respetuoso. Los Evangelios indican que Jesús sentía un cariño
especial por su discípulo Juan, quizás por tener personalidades afines o por
estar emparentados.*Sin embargo, él
nunca lo favoreció por encima de los demás (Juan 13:23).
De hecho, cuando Juan y su hermano Santiago le pidieron puestos
destacados en el Reino de Dios, Jesús les contestó: “Esto de sentarse a mi
derecha o a mi izquierda no es cosa mía darlo” (Marcos 10:35-40).
Además, siempre
trataba con respeto a todo el mundo. Él no tenía los prejuicios de sus
contemporáneos. Aunque muchos consideraban que las mujeres eran inferiores, él
las trataba con la debida dignidad. Por ejemplo, la primera persona a la que
Jesús dijo claramente que era el Mesías fue una mujer. Su comportamiento
es aún más destacable si tenemos en cuenta que ella era samaritana, pues los
judíos en general sentían tal desprecio por los samaritanos que
ni siquiera los saludaban (Juan 4:7-26). Pero eso
no fue todo: también fueron mujeres las primeras personas a quienes Jesús
les concedió el privilegio de verlo resucitado (Mateo
28:9, 10).
□ Al igual que él, ¿somos
nosotros imparciales y respetuosos con personas de otra raza, sexo, idioma o
nacionalidad?
Se comportó como
un hijo y hermano responsable. Parece que José, su padre
adoptivo, murió cuando Jesús todavía era joven. Así que es probable que él se
haya encargado de mantener a su madre y a sus hermanos menores trabajando de carpintero
(Marcos 6:3). Aun estando a
punto de morir, no dejó de preocuparse por su madre y por eso le pidió a
su discípulo Juan que la cuidara (Juan
19:26, 27).
□ ¿Somos nosotros tan
responsables como Jesús en el cuidado de nuestra familia?
Supo ser un buen
amigo. Jesús fue el mejor de los amigos. ¿Por qué? Él
nunca se alejó de sus amigos porque cometieran errores, aun cuando los
repitieran una y otra vez. Es cierto que ellos no siempre actuaron
como a Jesús le hubiera gustado. Aun así, él les demostró su amistad
concentrándose en sus buenas cualidades, en vez de atribuirles malos motivos (Marcos 9:33-35; Lucas
22:24-27). Tampoco les impuso sus opiniones.
Al contrario, los animaba a expresarse con libertad (Mateo 16:13-15).
Pero por encima
de todo, Jesús los quería sinceramente (Juan 13:1). ¡Y hasta qué
punto! Él mismo dijo: “Nadie tiene mayor amor que este: que alguien entregue su
alma a favor de sus amigos” (Juan 15:13). ¿Puede
alguien ofrecer algo más valioso que su propia vida?
□ Pensemos: “¿Qué se puede decir
de mí? ¿Cómo reacciono cuando algún amigo hace algo que me molesta u ofende?”.
Demostró ser un
hombre valiente. Jesús no era el personaje débil y sin voluntad
que pintan muchos artistas; al contrario, era enérgico y fuerte. En dos
ocasiones echó del templo a los mercaderes con sus artículos (Marcos 11:15-17; Juan 2:14-17). También
demostró valor al enfrentarse a una agitada muchedumbre que buscaba a “Jesús el
Nazareno” para arrestarlo. “Soy yo”, dijo sin miedo. Y luego, para
proteger a sus discípulos, añadió: “Si es a mí a quien buscan, dejen ir a
estos” (Juan 18:4-9).
No sorprende que el propio Poncio Pilato, viendo la entereza de Jesús pese
a los maltratos, dijera admirado: “¡Miren! ¡El hombre!” (Juan 19:4, 5).
□ ¿Y nosotros? ¿Actuamos con
decisión y valor cuando hay que hacerlo?
Estas y otras
muchas cualidades sobresalientes convierten a Jesús en un modelo perfecto para
nuestra vida. De modo que si imitamos su conducta, seremos mejores
personas y más felices. Por eso, el apóstol Pedro exhortó a los cristianos a
seguir cuidadosamente los pasos de Jesús. Así pues, ¿estamos esforzándonos al
mayor grado posible por imitar a Jesús?
Mucho más que un modelo
No obstante,
Jesús es mucho más que un modelo para nuestra vida. Él mismo dijo: “Yo soy el
camino y la verdad y la vida. Nadie viene al Padre sino por mí” (Juan 14:6).
Al revelarnos la verdad acerca de Dios, el Hijo también nos mostró el
camino para acercarnos al Padre. Y gracias a Jesús, todos los siervos
fieles pueden obtener vida: sí, la vida eterna (Juan 3:16).
¿Cómo es esto
posible? Hablando de la razón por la que vino a la Tierra, Jesús dijo: “El Hijo
del hombre no vino para que se le ministrara, sino para ministrar y para
dar su alma en rescate en cambio por muchos” (Mateo 20:28). De modo
que al ofrecer su vida como sacrificio, sentó las bases para que los seres
humanos podamos disfrutar de vida eterna. Y nosotros, ¿qué debemos hacer?
El propio Jesús lo explicó: “Esto significa vida eterna, el que estén
adquiriendo conocimiento de ti, el único Dios verdadero, y de aquel a quien tú
enviaste, Jesucristo” (Juan 17:3).
En efecto, si
adquirimos conocimiento de Jesús, imitamos su estilo de vida y ejercemos fe en
su sacrificio, estaremos cumpliendo con los requisitos para obtener vida
eterna. Por eso, animamos a todos nuestros lectores a estudiar la fuente de ese
conocimiento —la Biblia— y a esforzarse por poner en práctica lo que esta dice,
tal como hizo Jesús.*
El ejemplar modo
de vida de Jesús nos enseña cómo debemos ser. Además, su sacrificio nos libera
del pecado y la muerte (Romanos 6:23). Si
no fuera por él, nuestra vida sería triste y sin esperanza. Así pues,
nunca permitamos que la ansiedad o las preocupaciones de la vida nos impidan
imitar el modelo que nos dejó el hombre más grande de todos los tiempos:
Jesucristo.
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